Un paseo por la monumental plaza Vázquez de Molina

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Esta semana que las XVI Jornadas Gastronómicas en el Renacimiento se encuentran en el Parador de Turismo, proponemos un paseo por la monumental plaza Vázquez de Molina con una parada lógica en el Palacio del Deán Ortega, que alberga al propio establecimiento hotelero y hostelero.

Adentrarse en la plaza Vázquez de Molina, también llamada de Santa María, por cualquiera de sus calles de acceso, constituye, cuanto menos, una exhibición espacial y arquitectónica inesperada para el visitante. Quien haya comenzado su visita adentrándose desde la ciudad moderna hacia el centro histórico se irá encontrando progresivamente con una estructura urbana medieval quebradiza, que inesperadamente queda rota por esta imponente plaza, perpetuada por la simbología de su dimensionalidad y la fuerza histórico-artística de sus edificaciones.

Con probabilidad, la más sorprendente perspectiva de esta grande y lineal plaza se aprecia desde el recodo de la calle Juan Montilla, esquina con el palacio Juan Vázquez de Molina, pero igualmente interesantes son las visiones desde cada una de las calles que la bordean. No obstante la plaza, de amplias proporciones, abierta, con numerosos puntos de vista, contiene una idea referencial y visual que nos reconduce obligatoriamente hacia la Sacra Capilla funeraria de El Salvador del Mundo.

En el interior de esta explanada se conforman dos grandes ámbitos trapezoidales: uno, el de la Sacra Capilla de El Salvador con el palacio del Deán Ortega, y el otro el de la colegiata de Santa María con el palacio de Juan Vázquez de Molina; así como cinco microespacios delante de cada una de las edificaciones más emblemáticas: el espacio ajardinado delante de la fachada principal de Santa María, la explanada de delante del palacio Juan Vázquez de Molina, el jardín medial con fuente renacentista entre el Hogar del Pensionista y el antiguo Pósito, la plazoleta arbolada entre Santa María, los juzgados y el palacio del Marqués de Mancera, y la explanada de la capilla del Salvador y el palacio del Deán Ortega.

Esta plaza, desde su origen bajo una concepción renacentista y una dialéctica entre el cristianismo, el mundo antiguo y la autoafirmación del linaje, se presenta en su globalidad como uno de los mejores ejemplos de urbanismo renacentista de Europa, con un conjunto de edificaciones religiosas y civiles de carácter unitario que marcan el ritmo de unas relaciones de prestigio y de poder a través del espacio. Junto a los otros dos grandes polos de la ciudad, la medieval Plaza del Mercado y la Plaza de Toledo -ambas recualificadas durante el quinientos y de carácter eminentemente mercantil y municipal-, la plaza Vázquez de Molina se nos presenta como un tercer polo que complejiza la organización urbana: se trata del nuevo recinto del poder y la concreción espacial y formal de la aristocracia política y económica que se configura durante la etapa renacentista. En este sentido, anula y sustituye al viejo y agotado espacio, emblema de los señores medievales, del núcleo del Alcázar, que, despojado de sus antiguas funciones y contenidos, paulatinamente se vacía de pobladores y se degrada materialmente.

Planimétricamente y en alzado, estamos ante una plaza de resonancias italianas, única en Andalucía. Una plaza de concepción urbana y humanista a la manera italiana, y sin embargo físicamente al límite de la ciudad; arrogante, a medio paso de la ciudad de los palacios, la ciudad medieval y la ciudad de los miradores, que alcanza una máxima confluencia de público durante la Semana Santa, cuando el ciudadano de Úbeda la aborda para contemplar las salidas procesionales.

Palacio del Deán Ortega

Junto a la Sacra Capilla de El Salvador se alza el Palacio del Deán Ortega, de mediados del siglo XVI, que fue ordenado construir por Fernando Ortega, primer capellán mayor del citado templo. De varios documentos notariales se desprende que el autor de las trazas de esta fábrica fue, sin duda, Andrés de Vandelvira. Es Parador Nacional de Turismo desde 1930, siendo uno de los primeros de España.

Apegado a la Sacra Capilla del Salvador, capilla y palacio casi juntos, conforman entre ambos un peculiar juego espacial y arquitectónico entre una de las torretas y tribunas de la iglesia y la recortada esquina de la fachada del Parador, con el característico y ubetense balcón en esquina. Característica española es situar cercana a la iglesia la casa eclesiástica, en este caso una iglesia funeraria para el secretario del emperador Carlos V, de complejidad decorativa y simbólica extrema, que contrasta con la rancia austeridad hispánica de esta casa del eclesiástico e, incluso, con el propio palacio del promotor de esta iglesia, de sobriedad castellana extrema, en la calle Francisco de los Cobos, a un paso del templo y de esta plaza.

Esquemáticamente responde a una planta casi rectangular y, al igual que las numerosas grandes casas señoriales y palacios ubetenses del siglo XVI, la vivienda se organiza en torno a un patio central columnado. Con la fachada, de concepción horizontal, con un pronunciado zócalo y dos cuerpos en altura, exteriormente el palacio transmite un aspecto de austeridad castellana, pero sobre todo, intuyendo ya el paso del siglo XVI al XVII, constituye una interpretación personal del mundo clásico enraizado con lo hispano.

La portada principal, sobre escalinata, adintelada, y algo desplazada en línea de fachada, sigue el esquema de otros palacios y grandes casas de la ciudad renacentista, y así, aparece custodiada por dos columnas dóricas sobre pedestales y rematada sobriamente por dos ángeles que sostienen sobre filacteria las armas del deán Ortega.

De la fachada merecen destacarse las anillas para atadero de caballos del zócalo; la estudiada simetría en el ritmo y tamaño de los vanos: escuetos en el zócalo, coronados con frontón triangular clásico en el primer cuerpo y los balcones rematados por pequeña cornisa y frontón curvo abierto del segundo cuerpo; la pronunciada y volada cornisa con decoración de clásicas ovas; y, por supuesto, los peculiares balcones en las esquinas de la fachada con mainel de mármol blanco.

Aunque es ante la lineal y horizontal fachada principal de la plaza Vázquez de Molina en la que el visitante se suele detener, en la fachada este, en recodo, con hermosa puerta hacia la plazoleta del Padre Antonio e idéntica composición a la principal, es interesante echarle un vistazo a los ventanales del cuerpo inferior, que mantienen su traza original, lo que nos permitirá hacernos una idea de lo que fueron las verdaderas dimensiones de los vanos de la fachada principal del palacio.

Intimista y reducido, en el patio porticado a dos alturas y acertadamente ambientado seguramente se encuentran las columnas marmóreas de mayor y más extraordinaria fragilidad modular de toda la ciudad, lo que las enraíza con el arte nazarí. Austero, frágil y sin pretensiones nobiliarias, en las enjutas de los arcos, sin los autoafirmantes escudos de armas, sólo aparecen unos sencillos relieves pétreos de espejos.

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