Un paseo por el barrio de San Millán

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Esta semana que las XVI Jornadas Gastronómicas en el Renacimiento se encuentran en Cantina La Estación, proponemos un paseo por el populoso y típicamente alfarero barrio de San Millán, ideal para abrir el apetito antes de degustar el menú o para facilitar la digestión después.

La parroquia de San Millán es uno de los arrabales de origen medieval, barrios que surgieron al exterior del recinto amurallado como consecuencia de los crecimientos de la población. Se extiende por la ladera este de la ciudad, prolongándose por la calle Valencia, lugar donde tradicionalmente han estado localizadas las alfarerías y tejares de la ciudad.

Este barrio tuvo su propia cerca defensiva, que contó con varias puertas y portillos, hoy desaparecidos. En la actualidad tiene un carácter eminentemente popular, en el que se combinan interesantes ejemplos de edificación histórica con modestas casas de nueva planta. Los olivares y las huertas situadas en las inmediaciones le confieren, también, un ambiente a medio camino entre lo urbano y lo rural.

Iglesia de San Millán

Durante el recorrido se toparán con el templo de San Millán, que le da nombre al barrio. Unida a los muros del antiguo convento de la Merced, la primitiva iglesia debió existir desde tiempos remotos, ya que nada más conquistada la ciudad en 1233 por Fernando III se suscita un pleito entre ésta y Santa María por obtener los derechos de colegiata. De su actual fábrica el elemento más primitivo es la torre-campanario, de planta cuadrada y enorme grosor en sus muros, ejecutada a finales del siglo XIII siguiendo planteamientos tardorrománicos.

En el siglo XVI la iglesia fue remodelada totalmente según un proyecto que planteaba la construcción de tres naves, de las que sólo se concluyó la central, cubierta con falsa bóveda, conforme al aspecto que presenta en la actualidad. Todo el templo se caracteriza por su extrema sencillez, siendo visibles numerosos materiales reutilizados de la primitiva construcción. Las portadas exteriores, la de acceso a la sacristía y una pequeña hornacina junto al altar mayor, todas ellas renacentistas, son los únicos elementos ornamentales que conserva la iglesia.

Aquí se venera a la Santísima Virgen de la Soledad, cuyo trono de orfebrería en plata es procesionado a hombros por los hermanos cofrades en la tarde del Viernes Santo. La veloz carrera ascendente por la Cuesta de la Merced, abigarrada de espectadores, constituye uno de los momentos más emotivos y singulares de toda la Semana Santa.

Ruinas del Convento de Nuestra Señora de la Merced

Adosadas a la iglesia están las Ruinas del Convento de Nuestra Señora de la Merced. De acuerdo con la tradición historiográfica local, este convento, del que hoy sólo se conservan los restos de una puerta renacentista de ingreso desde la calle Llana de San Millán, fue fundado en el siglo XIII por los caballeros seglares de la Orden de los Mercedarios Redentores, que acompañaron al rey Fernando III en la conquista de Úbeda, y cuya misión era la de redimir cautivos.

Éste, junto con otros conventos de la ciudad, se clausura en 1836 como parte del programa de desamortización de bienes del clero que emprendió, a nivel nacional, el ministro de hacienda Juan Álvarez de Mendizábal, y que incluyó la supresión de órdenes religiosas y la venta de sus propiedades.

Calle Valencia

En este paseo también merece la pena recorrer la calle Valencia en toda su longitud. Hasta prácticamente la década de los años sesenta del siglo XX, todas las edificaciones de esta vía y de la plaza de los Olleros eran alfarerías, tinajerías y tejares para la producción de materiales de construcción -tejas, baldosas y ladrillos-. Su concentración en esta zona desde hace siglos se justifica por la abundancia de manantiales de agua, elemento imprescindible para el trabajo del barro, y por la conveniencia de que las actividades molestas, en este caso los humos de la cocción, estuvieran instaladas fuera del núcleo principal de la ciudad.

En la actualidad, varios de los alfares que continúan en funcionamiento en la ciudad se encuentran instalados en esta calle. Constituyen un magnífico testimonio de edificación vinculada a la producción artesana, al haber conservado, la gran mayoría, las tipologías y elementos tradicionales. Son construcciones populares en las que se combina la casa familiar con el obrador. Éste se sitúa en la planta de sótanos, compartimentada en distintas estancias que responden a las necesidades de cada fase del proceso productivo: almacén para el barro, zona de torneado y secaderos.

En la parte trasera se abre un corral o era, espacio abierto en el que se realizan las tareas de preparación del barro, aplicación del color y vidriado. Quizás lo más singular sea la conservación y uso de los hornos, de origen árabe, denominados hispanomoriscos, en los que se emplea como combustible la leña y el orujo -el hueso de la aceituna triturado-. Los alfareros no tendrán ningún reparo en mostrar amablemente al visitante cómo se desarrolla su trabajo en estos lugares, que constituyen un conjunto de interés etnológico de primer orden.

Al final de la calle Valencia comienza el Camino de la Alameda, que tras un recorrido de un kilómetro conduce hasta la fuente del mismo nombre y la nueva ermita de Madre de Dios del Campo. Esta prolongación del barrio permite emprender un plácido paseo desde el que contemplar la cuenca visual del valle del Alto Guadalquivir y Sierra Mágina al fondo.

Situadas en lo alto de una loma, a la salida de la ciudad hacia Torreperogil, se divisan las ruinas del convento y ermita original de Madre de Dios del Campo. La estructura de este edificio del siglo XVIII estuvo articulada en torno a un claustro y un eje longitudinal que conducía al acceso de la ermita, todo ello siguiendo un planteamiento clasicista-barroco.

Puerta del Losa

Subida la cuesta de la Merced, encontramos de frente la Puerta del Losal. Es la más monumental de las puertas conservadas del recinto amurallado. De estilo Mudéjar y también conocida como Puerta de Sabiote, es un magnífico ejemplo de las formas y técnicas constructivas musulmanas que se continuaron utilizando después de la conquista cristiana. Consta de un doble arco de herradura apuntado, sustentado por columnas octogonales, precedido al exterior por un arco de medio punto que conecta el lienzo de muralla con el torreón que la defendía. En el espacio interior se conserva la viga de madera con los quiciales originales para encajar los ejes de una puerta de doble hoja. Junto a ella se encuentra una capilla con la imagen de la Virgen de la Soledad.

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